Recién se han cumplido 25 años de la muerte de Borges. Y hace unos pocos días murió Sábato antes de cumplir sus cien años de vida. Dos escritores argentinos inolvidables.
En 1946, Borges, quien trabajaba hacía 9 años en la sucursal Miguel Cané de Biblioteca Municipal, fue “ascendido” por el gobierno de Perón al cargo de Inspector de aves y conejos en los mercados. Esa represalia le hizo cambiar de vida, ya que renunció a su puesto público y se dedicó a se profesor y conferencista por varios países sin dejar nunca la literatura. Al llegar el nuevo gobierno, la “Revolución Libertadora” como él mismo la denominó, fue nombrado como director de la Biblioteca y luego trabajó en la universidad de Buenos Aires. Mientras tanto, lo iba alcanzando gradualmente la ceguera, como “un lento atardecer de verano”, como un crepúsculo.
Calificado como un genio, Borges nació y vivió para la literatura; pero como lo han dicho algunos, no por eso dejó de ser un hombre, un hombre hijo de la educación que le dieron y que a veces fue racista, que recibió condecoraciones de gobiernos dictatoriales y que en su autobiografía escribió, quizás sin darse mucha cuenta que, cuando visitó Texas, tuvo “una extraña sensación, oyendo a los obreros que cavaban una zanja hablar en inglés, idioma que hasta entonces creí negado a esa gente”. Sí, el mismo hombre que pudo escribir cuentos como muy pocos y versos inolvidables como aquel que dice:
Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.
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